CENICIENTA
04/2011

Relato de Ojos Marihuanos

Érase una vez una bella muchachita que habitaba en un pueblo cualquiera del extrarradio de una gran ciudad cualquiera. Su nombre era Cenicienta, aunque todo el mundo la conocía por Ceni.
Vivía la virtuosa Ceni en el undécimo piso de un bloque de veinte, situado en uno de esos grises barrios de edificios altos que florecen alrededor de las grandes urbes a la vera de las autopistas. El suburbio, eufemísticamente hablando de gente trabajadora y normal, era en realidad un nido de parados y yonquis que se dispersaban por todas las esquinas esperando rebañar la porción de miseria que les correspondía. Éste era el ambiente que respiraba cada día Cenicienta, que cohabitaba, por turbios asuntos familiares que jamás llegaron a aclararse del todo, con su madrastra y dos hermanastras.
La señora Puri era, aparte de la madrastra de Cenicienta, una prostituta ya retirada que, tras unos cuantos años de estar sentada frente al televisor comiendo cualquier producto insano y grasiento que le pusieran delante de las narices, había alcanzado un descomunal volumen que le obligaba a pedir ayuda para cualquier pequeño movimiento que debiera realizar. Tenía, además, un aspecto espeluznantemente canino y una mala leche irracional, que se habían ido incrementando con el paso de los años y los kilos.
Su hija de más edad, la Encarni, había seguido el sendero materno y trabajaba de puta en la carretera de un municipio vecino, aunque, a causa de su desagradable aspecto físico, su aportación a la economía familiar era prácticamente inexistente.
Pero para fea su hermana Purita. Aquello sí que era espantoso. Lo más parecido, decían los que alguna vez la habían visto, a la hermana deforme del Yeti. En las escasas ocasiones que Purita salía de casa, se formaban en la calle auténticos espectáculos: la gente cambiaba de acera si se la encontraban de frente; los niños, formando corros en torno a ella, la señalaban y se burlaban cruelmente, mientras sus madres, asustadas, los cogían del brazo y se los llevaban; y la policía le pedía la documentación y más de uno había sufrido un amago de infarto al verla. Pero el efecto más curioso se producía en carnaval, cuando, quien no la conocía, la paraba y le pedía la dirección de la tienda donde había comprado aquella careta tan real y conseguida. Era un bicharraco horrendo y contrahecho que también había continuado los pasos de su madre, pues se pasaba todo el día con ella comiendo en el sofá.
El principal divertimento que tenían aquellas tres mujeres era, sin discusión alguna, hacerle la vida imposible a Cenicienta, a quien no perdonaban que fuese así de bonita. Arrinconada en su propio hogar –pues las brujas ocupaban las tres habitaciones del piso y la obligaban a dormir en un sofá en el que ni tan siquiera entraba estirada–, la vida de Cenicienta no transcurría de forma agradable. Comenzaba la jornada a las seis de la mañana en una fábrica de un polígono industrial cercano a su barriada. Allí se pasaba ocho horas seguidas metiendo bolsas de fertilizante en cajas y aguantando a todo el personal masculino que, aunque no entendían cómo semejante belleza podía estar trabajando en el mismo pozo de mierda que el de ellos, trataban de sacar el máximo beneficio de la situación. Cuando fichaba a las dos, montaba en un autobús que atravesaba el pueblo y, en el único momento de descanso de todo el día, engullía desganadamente un minúsculo bocadillo de pan inglés mientras se dirigía al chalet de una familia a la que hacía las tareas domésticas. También el señor de la casa intentó beneficiarse a la Ceni, pero ésta, virtuosa como ella sola, había conseguido mantenerle a raya. Sobre las nueve, cuando terminaba, regresaba directamente a casa y, tras hacer la cena, ordenaba y limpiaba todo lo que las tres arpías habían ensuciado durante el día. Además, cada fin de mes, Cenicienta entregaba su sueldo íntegro a la Puri, que le impedía estudiar, comprar ropa nueva o salir a tomar una copa. Cuando por las noches se quedaba a solas, la Ceni lloraba silenciosa y desconsoladamente a causa de la vida horrible que le había tocado y soñaba, dormida y despierta, con que algo o alguien la rescataría de semejantes penurias.

Coincidieron una noche las cuatro viendo un instructivo programa de televisión. En él intervenían una obesa folklórica, un par de humoristas decadentes y repetitivos y un adivino amanerado de aspecto porcino, que era más conocido por eso –por su parecido a un cerdo sarasa– que por acertar en sus predicciones. El espacio estaba conducido por una presentadora vomitiva e indecente que llevaba años especializada en transformar las miserias ajenas en billetes que engordaban sus numerosas cuentas corrientes.
En un momento de dicho programa, ofrecieron a mujeres de todas las edades la oportunidad de asistir en directo a los estudios de la cadena para ver al famoso cantante melódico Augusto Ermita, que bailaría, además, con una de ellas. Daba la casualidad que la pasión por Augusto Ermita era, seguramente, la única cosa que unía a Cenicienta con aquellas tres mujeres, así que, junto a ellas, dio palmas excitada ante la utópica idea de danzar durante unos pocos minutos junto al hombre de sus sueños.
Para tener acceso al programa se debía llamar a un número de teléfono, con prefijo de Madrid, que comunicaba con un contestador automático. Ni corta ni perezosa, la señora Puri hizo que Cenicienta llamara durante más de tres horas ininterrumpidamente, dejando en el mensaje, por supuesto, sólo el nombre de la madre y las dos hijas. La Ceni se moría de ganas por ir, y sopesó durante un rato la posibilidad de intentar engañar a su madrastra y dar su propio nombre alguna vez, pero conocía las reacciones desmedidas de la Puri y, muy a su pesar, se resignó a verlo por la tele.
La recompensa a tanta insistencia llegó a la semana siguiente, cuando un telegrama del canal televisivo invitaba al trío a acudir al programa, se supone que desconociendo la clase de engendros que eran. Aquello, lo único que supuso para Cenicienta fue una ración extra de trabajo porque, durante dos semanas, y aparte de las tareas habituales, tuvo que lavar, planchar y coser vestidos, lustrar zapatos y limpiar decenas de pulseras, collares y pendientes hasta que parecieron recién comprados.

Y llegó el gran día. La Puri y su camada se embutieron como buenamente pudieron en sus mejores vestidos, se colgaron toda la quincalla que les cupo, se rociaron con su colonia pestilente de mercadillo y se dieron unos discretos retoques de maquillaje al estilo apache. Prohibieron expresamente a Cenicienta salir de casa y –después de algunos problemas al sacar a la señora Puri por la puerta, y otros tantos para hacerla entrar y salir del ascensor– marcharon, dejando tras de sí un combinado explosivo y nauseabundo de olores.
Desconsolada y hecha un mar de lágrimas quedó la hermosa joven. No pensó siquiera en el alivio y la suerte que suponía el perder de vista, aunque sólo fuera por unas horas, a la orca y sus dos creciditos cachorros. No. Lo que inundaba su mente era el deseo de ver de cerca a Augusto. Hubiera dado cualquier cosa por estar unos segundos en sus brazos...
Maquinalmente, por no pensar más que nada, conectó la tele. Miraba sin prestar atención uno de esos ñoños telefilms de sobremesa. En él se narraba la experiencia traumática y dramática de dos padres cuando descubrían que su tierno hijo de veintitrés años había consumido por primera vez marihuana, y su lucha titánica por evitar que se convirtiera en un delincuente juvenil drogodependiente. Durante un corte publicitario, los ojos vidriosos de Cenicienta quedaron fijados en un anuncio del líquido limpiador Mr. Proper, en el que un calvo culturista de dibujos animados volaba por una casa dejándolo todo brillante y reluciente. De repente, el aparato de televisión sufrió un súbito apagón y, acto seguido, surgió de la pantalla una intensísima luz que llenó la sala de un resplandor que hizo a Ceni taparse la cara. La descarga luminosa se fue difuminando poco a poco hasta desaparecer por completo. Antes de que la muchacha pudiera acostumbrar su vista a la nueva situación, se escuchó una voz exageradamente amanerada, como sobreactuada.
–Hola, Ceni...
La joven se frotó los párpados y abrió los ojos asustada, girando el cuello freneticamente para averiguar de dónde procedía aquel escalofriante saludo.
–Estoy aquí –dijo el ser misterioso.
Y entonces percibió claramente que el sonido provenía del televisor y que, desde el interior del aparato, era Mr. Proper quien le hablaba.
–¡Joder! –se le escapó a la generalmente recatada Cenicienta, quien, a pesar del ejemplo que recibía cada día, jamás soltaba un taco ni decía una palabra más alta que la otra.
–No te asustes, mi niña –intentó tranquilizarla aquel hombre dibujado que de por sí era bastante poco tranquilizador–. Soy Mr. Proper, tu Hado Padrino, y he venido para convertir en realidad tus sueños.
–Jo-deeeer... –repitió ella, atónita.
–Sí, lo sé: con este atuendo de marinero no tengo demasiado glamour –dijo Mr. Proper–. Llevo años intentando que me nombren Hada Madrina para poder lucir esos maravillosos vestidos que les dan a ellas, pero no hay manera, así que tendrás que conformarte con lo que hay. Te he dejado sobre la cama de tu madre un vestido y unos zapatos que, en confianza, son de segunda mano pero que dan mucho mejor el pego que cualquiera de los tuyos. Encima del mueble del recibidor está la invitación al programa y las llaves de un Panda amarillo que está aparcado frente al portal. Ay... –suspiró, poniendo los ojos en blanco y parpadeando–. Antes dábamos carrozas tiradas por corceles blancos, con sus pajes y todo, pero eran otros tiempos... ¡Ah! No olvides regresar antes de las dos en punto porque necesito las cosas para otro trabajo. Si no lo haces, te quedarás en pelota picada y sin poder volver, así que tú misma. ¡Pero va! Te estoy entreteniendo y si no te das prisa, no vas a llegar. Una última cosa, entre tú y yo: arréglate un poco, que vas hecha un asco, querida. En fin, buena suerte, Cenicienta. ¡Chao!
La Ceni, aún incrédula, entró en la habitación de su madrastra y comprobó que, efectivamente, un vestido, bonito pero algo pasado de moda, estaba sobre el lecho. Tras cambiarse, peinarse y maquillarse rápidamente, cogió las llaves y la invitación, bajó a la calle y se introdujo en el coche que, tal y como le había dicho Mr. Proper, se encontró de morros sólo salir. Cenicienta, gracias a la intransigente negativa de su madrastra, no poseía el permiso de conducir, pero como esto es un cuento, diremos que llegó sin incidentes ni interrupciones policiales hasta los estudios de televisión.
Entrando justo a tiempo para la emisión, que era en directo, fue situada en un lugar cualquiera entre el público. Buscó con la mirada a doña Puri y sus hijas pero no pudo dar con ellas, lo que incrementó su excitación y alegría. La razón era, simplemente, que al ver los responsables del espacio a criaturas tan horrorosas, habían decidido, justa y sabiamente, que no era estéticamente aconsejable que semejantes monstruos pudieran penetrar en los hogares de todo el país. Así que, tras las airadas protestas de la Puri, fueron estratégicamente ubicadas en un lugar detrás de las cámaras desde donde podían observarlo todo pero no podían ser filmadas.

Comenzó el programa. La primera entrevista era a una desolada y demacrada madre que había perdido a seis de sus nueve hijos por culpa de la heroína. Era conmovedor contemplar la angustia tanto de la madre como de la presentadora que, sintiendo como propio aquel sufrimiento, intentaba animarla con frases salidas del corazón como: “Hasta el rabo todo es toro”, “La vida sigue, Isabel” o “¡Ánimo, mujer, que aún te quedan tres!”. A continuación, un trasnochado y orondo humorista, cuyo mayor éxito consistía en un chiste que se hizo popular por haber hecho esbozar una media y fugaz sonrisa al Generalísimo allá por los sesenta, soltó las caducas gracias que llevaba repitiendo hacía más de treinta años. Cuando se despedía, hasta el más patético de los allí presentes sintió vergüenza por tener que aplaudir a aquel hombre. Seguidamente, tras unos cuantos minutos de publicidad, el varón más deseado del país haría acto de presencia.
Augusto Ermita apareció entre gritos, aplausos y muslos mojados. La presentadora, con una sonrisa artificial y permanente en el rostro, ejecutó una entrevista de antología, profunda y exhaustiva. “¿Estás enamorado, Augusto?”; “¿Qué es para ti la felicidad?”; “¿Qué queda de aquel chico tímido que, soñando con ser bombero, prendía fuego a todo lo que le pusieran por delante?”; o “¿cómo se encuentra tu hija Pitiminí después del trauma que sufrió tras perder a su tortuguita?” fueron algunas de las preguntas que formaban parte de aquel elaboradísimo cuestionario y que merecieron no menos brillantes respuestas por parte del invitado. Después, el famoso cantante deleitó a las asistentes –entre las cuales alguna babeaba y otras lloraban de pura emoción– con un play-back (en rigurosísimo directo, eso sí) de dos de las canciones de su nuevo álbum. Finalmente, llegó el momento que todas esperaban ansiosas: Augusto debía elegir a una de las mujeres que allí se reunían y sacarla a bailar.
El ídolo se situó frente a las gradas sonriendo y dejó que sus incondicionales chillaran histéricamente reclamando su atención. Paseó su mirada de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, pero cuando sus ojos se cruzaron brevemente con los de Cenicienta supo que no tenía que seguir buscando. Subió las escaleras atléticamente y, cuando llegó a la fila en la que se aposentaba la Ceni, extendió su mano hacia ella, que se cubría la cara con los dedos intentando ocultar su incontenible emoción. Agarrados de la mano, bajaron y se situaron en el centro del escenario. Sonaron los primeros acordes del típico vals vienés y Cenicienta, transportada y como dopada, se dejó llevar, disfrutando del momento más maravilloso que le había deparado la vida.
Pero fue entonces, cuando comenzaron a danzar, que la señora Puri y sus hijas pudieron ver a Cenicienta, ya que desde su posición no había apenas perspectiva del público. Y a la Puri, que lo que más le cabreaba en este mundo era que la desobedecieran, se le subió la ira a la cabeza y, cegada por su sed de venganza y obviando totalmente cualquier consideración sobre el hecho de que aquello se estaba emitiendo en vivo, se fue en busca de su ahijada. Ésta, que contemplaba absorta los penetrantes ojos verdes de Augusto, no reparó en que su madrastra, cual oso colérico y furibundo, le embestía por la espalda. Ante el desconcierto general, la señora Puri propinó un empujón al cantante y le arreó dos escalofriantes bofetadas a Cenicienta. La chica, pensando que había sido atropellada por un camión, yacía aturdida en el suelo tres o cuatro metros más allá. Agarrándola por el pelo, la Puri la arrastró por el piso –mientras sus dos hijas le propinaban patadas– hasta sacarla del plató. Al fondo, la presentadora, en pleno ataque de nervios, realizaba el doble esfuerzo de intentar controlar la situación al tiempo que intentaba controlarse a sí misma. Y Augusto Ermita, aprovechando el caos reinante, se escabullía sigilosamente hacia los camerinos para catar, junto al guitarrista de la orquesta, la cocaína con la que había sido obsequiado por la productora del programa.
Y aquí se acaba la historia, amiguitas y amiguitos. Cenicienta perdió un zapato, cierto, y también la mitad de su rubia y exuberante melena. Pero a Augusto Ermita, conocido mujeriego que presumía, privada y públicamente, de haber estado con más de cinco mil mujeres, no se le pasó por la cabeza ni recoger el calzado extraviado, ni mucho menos salir en busca de la propietaria. Así que ni se casaron, ni fueron felices, ni comieron perdices, ni nada de nada. Además, Cenicienta murió pocos años después en los mugrientos lavabos de un bar de carretera a causa de una sobredosis. Si queréis un final feliz, buscad en otro cuento.

LeandroAguirre©2001

 

 

 

 
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