HANSEL Y GRETEL
03/2011

Vamos a hablar claro: Hansel y Gretel eran unos niños que, aparte de tener unos nombres extrañísimos, se merecían la muerte. Directamente. Ya sé que no es muy políticamente correcto decirlo, pero era así. Hansel, por ejemplo, era un chaval con obesidad mórbida que se pasaba todo el día sentado en el sofá jugando con la PlayStation y engullendo cualquier cosa grasienta, dulce o ambas cosas a la vez que le pasara a menos de diez metros de la boca. El otro hobbie de Hansel, cuando sus ojos conseguían apartarse de la televisión y su estómago le decía que ya basta, que hasta él tenía un límite, era el de insultar y escupir a sus padres. Una dulce y adorable criatura, como podéis comprobar.
Gretel, por su parte, era una preadolescente insoportable cuya mayor virtud era la de emitir un chillido particularmente agudo y molesto cuando las cosas no se hacían o pasaban como ella deseaba. Al igual que su hermano, el tiempo libre que le dejaba cuidar su larga y rizada cabellera, empapelar la cabaña con pósters de Bisbal y romper vajilla tras vajilla a berrido limpio, lo dedicaba a menospreciar y reírse de sus pobres progenitores.
Como era de esperar, el vaso de la paciencia de éstos rebosó un buen día. Pero, como se trataba en realidad de buena gente diga lo que diga la leyenda, en lugar de estrangularlos, descuartizarlos y echarlos de comer a los cerdos, que es lo que hubiéramos hecho cualquiera, se los llevaron una noche al bosque y allí los abandonaron a su suerte. Gretel, que algo se olía, fue por el camino tirando migas de pan para acordarse por dónde habían venido, pero, como no podía ser de otra manera, tal y como Gretel las iba tirando, Hansel se las iba zampando.
Hansel y Gretel, pobrecitos, caminaron durante horas en busca de alguna pista que les condujera de nuevo a casa. En realidad sólo se habían alejado unos cien metros de donde les habían abandonado, pero, claro, el ritmo de Hansel tras cuatro años sin moverse del sofá no era precisamente como para presentarse a los Juegos Olímpicos. Bien, especifiquemos: no era ni siquiera como para ir a los Paralímpicos. Pero, finalmente, vieron allí en la lejanía, a unos veinte metros, una casa oscura camuflada entre los árboles. Dos horas después, con Hansel arrastrándose agotado, llegaron a aquella construcción, que les pareció, no sabían por qué, algo extraña. Gretel llamó a la puerta. Hansel, casi sin conocimiento en el suelo, no hubiera podido hacerlo ni que su vida hubiera dependido de ello.
Abrió la puerta una anciana que, al ver a los niños, se relamió.
–Hombre, mi cen... Digo... Hola, niños, ¿os habéis perdido?
–Tenemos hambre, vieja –soltó sin más preámbulos Gretel apartándola y entrando en la casa–. Y arrastra a mi hermano dentro. Ya.
La bruja (Ah... ¿Que no os había dicho que era una bruja? Lo siento, son los porros), que, por lo que se ve, se encontraba en una envidiable forma física para los 203 años que tenía, introdujo aquel saco de tocino dentro de la casa y cerró la puerta. Poco a poco, Hansel volvió en sí.
–¿A qué huele aquí, vieja asquerosa? –preguntó el niño esnifando el ambiente.
–A chocolate –contestó la anciana, que removía un puchero.
–¡Dame chocolate, puta! –gritó Hansel.
–¡Sí, danos chocolate, vieja de mierda! –se añadió a la educada petición Gretel– ¡Danos chocolate! ¡Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiihhhhhhhhhhhhhhh...!
–¡Está bien, está bien! –concedió la bruja– Si os calláis os contaré un secreto.
–¡Cuéntanos, cuentanos... ! ¡Iiiiiiiiiiiiiiiiiihhhhhh...! –gritaron los dos niños al unísono.
–Jodeeer... –resopló la dueña de la morada–. Esta casa, niños, está hecha de chocolate. Todo lo que veis es chocolate, desde los ladrillos hasta las ventanas. Tooodo es chocolate. Y podéis comer lo que queráis. Sin límite.
A los hermanos no se lo tuvieron que decir dos veces y empezaron a morder lo que tenían más a mano. En concreto Hansel empezó por el armario y Gretel, más comedida, dio cuenta de una lamparita de mesa que se hallaba, evidentemente, sobre una mesa. La bruja mala y arrugada los miraba con gula mientras se pasaba la lengua por los labios. Cuanto más comieran, más gordos y lustrosos estarían cuando se los tuviera que comer ella. Bien, en realidad a Hansel se lo hubiera comido ya, pero quizá si lo metía en una olla con agua hirviendo y especias la aún escuálida Gretel hubiera sospechado algo. Pero su plan estaba en marcha y sólo era cuestión de poco tiempo que los niños estuvieran en su punto para cocinarlos.
Pero la bruja pirula no contaba con un pequeño factor inesperado: la voracidad de aquellos dos insaciables menores. En un visto y no visto, Hansel y Gretel habían devorado la mitad de aquella casa, desde paredes a estanterías, desde la chimenea hasta la mesa con todas sus sillas. Además, en los escasos momentos de descanso que se tomaban, no hacían otra cosa que quejarse, chillar e insultar a la anciana, que no veía engordar a los niños al mismo ritmo al que comían.
Así que tuvo que tomar una decisión. Ante la posibilidad de quedarse en escasos días sin hogar, y con los nervios destrozados por los alaridos insoportables de aquellas fieras corrupias, finalmente hizo lo humanamente comprensible: los estranguló, los descuartizó y los echó de comer a los cerdos. Y es que, como es totalmente normal, ya ni cocinarlos le apetecía.
¿La bruja mala? Una santa, es lo que era. Qué asco de niños, oye.

LeandroAguirre©2011

 

 

 

 
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