Los santos inocentes

En la Andalucía de mediados del siglo pasado malvive una familia en las tierras de un terrateniente. Paco el Bajo, Régula y sus cuatro hijos, una de ellas una discapacitada mental a la que llaman “la niña chica”, trabajan para el señorito Iván, cuyo máximo interés en la vida es la caza. A ellos se les une el Azarías, hermano de Régula, un hombre con evidentes taras mentales que, tras ser despedido de su anterior trabajo, tiene que irse a vivir con ellos. El Azarías poseía dos características principales: una, que se iba cagando y meando por cualquier lado; y segunda, que tenía un grajo amaestrado al que llamaba su ‘milana bonita’, que era lo que más quería en este mundo.
El señorito Iván apreciaba mucho a Paco, pero que nadie piense en un ser humano apreciando mucho a otro ser humano: simplemente era que, debido al sensacional olfato del sirviente, al amo le era muy útil en sus cacerías. Dicho de otra manera: le apreciaba como podría haber apreciado a un buen perro que le hiciera el mismo servicio. Total, que antes de una batida muy importante con gente muy ídem también, Paco se hace añicos el tobillo para desesperación del señorito Iván, que evidentemente no está empáticamente desesperado por el daño que pueda haber sufrido Paco, sino porque se iba a quedar sin él para la gran cacería.
El señorito Iván prueba a toda la familia para el trabajo de Paco el Bajo, pero ninguno de ellos está a la altura del pater familia, por lo que el amo decide llevarse a Paco de caza igualmente aunque apenas pueda apoyar el pie en el suelo. Y pasa lo que tiene que pasar, claro: que Paco se acaba jodiendo el pie del todo, quedando lisiado de por vida.
Así que, sin Paco, el señorito Iván se lleva un día al Azarías de caza. Pero como la cacería no es muy fructífera, el señorito se cabrea y siente la necesidad de dispararle a alguien. Y como sólo tiene a mano al Azarías y a su milana, decide, todo humanidad, dispararle al pájaro en lugar de al hombre, sin saber que así estaba cavando su propia tumba. Porque, cuando se vuelve a llevar otro día al Azarías de caza, éste se las arregla mientras está subido a un árbol para echarle una soga al cuello y ahorcarle. No puedo decir que me sepa mal, la verdad. Y chimpum.
El hombre es un lobo para el hombre, dicen. Y no, oiga: el hombre es un hombre para el hombre. Ni el lobo ni ningún otro animal es así de hijoputa y no se merece que se le compare con según quién.

LeandroAguirre©2014

 

 

 
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